Antes de medir, estabilizamos iluminación, calibramos blancos, fijamos referencias métricas y verificamos seguridad de soportes. Avanzamos por cuadrículas no invasivas, registrando cada lectura con metadatos: distancia, lente, tiempo, humedad y temperatura. Esta disciplina evita sesgos por sombras, parpadeos de luz o vibraciones. Al finalizar, contamos con un conjunto robusto, reproducible y auditable que permite reanalizar con nuevos algoritmos sin regresar a la obra, reduciendo riesgos y costos.
Georreferenciar no es solo ubicar puntos; es alinear realidades materiales. Superponemos reflectancia por banda, índices espectrales y anotaciones de restauración sobre una base fotogramétrica precisa. Los mapas de calor destacan zonas ricas en cromo, hierro o azufre, revelando concentraciones de ocres, verdes de cromo o azules sulfúreos. Estas visualizaciones son comprensibles para el público y, a la vez, suficientemente técnicas para guiar microintervenciones y planes de monitoreo continuo.
Cada medición cobra sentido cuando se anota quién, cuándo, cómo y por qué se realizó. Los metadatos incluyen equipo, calibraciones, condiciones ambientales, posición exacta y notas de observación. Al acumular campañas, emergen narrativas: un patrón delata un taller que alternaba tierras locales con importadas según disponibilidad; otro, un repinte devocional posterior. Publicar estos datos estructurados permite que otros verifiquen, repliquen, discutan y amplíen hallazgos con transparencia responsable.
All Rights Reserved.